Super Mario Galaxy
No hace ni cinco minutos, en una galaxia muy, muy lejana… Disponte a descubrir con Revogamers por qué Mario Galaxy es un juego que fija un antes y un después en la historia de los videojuegos.
- José Manuel Bringas
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Quiero que cerréis los ojos y que penséis en "ese" juego. Ya sabéis al que me refiero. Hablo del que os mantuvo pegados a la pantalla durante semanas, sino meses, exprimiendo hasta el límite hasta el último sprite/polígono. Cada uno de vosotros tiene su propio juego especial. Os aseguro que como os despistéis, Mario Galaxy alcanzará en vuestro corazón su mismo estatus.
Hay muchas palabras que pueden definir a Mario Galaxy: glorioso, sublime, estruendoso, cautivador, delicioso, impresionante, mágico, Nintendo, Miyamoto... Aunque probablemente nos estemos quedando cortos y la mejor palabra para ilustrar este título sea, sencillamente, Mario.

Mario Galaxy supone el "Retorno del Rey" el "Despertar del Rey Durmiente". Teníamos un trono vacío, con telarañas, presidiendo una enorme sala llena de aficionados mirándolo, anhelantes. Se oye un ruido y todo el mundo se gira para contemplar cómo un rechoncho fontanero vestido de rojo da un salto mortal, cruza la sala a una velocidad endiablada y cae sentado como si aquello fuera lo más normal del mundo. Hacer un análisis de Mario Galaxy equivale a decir, en muchas más palabras de las que debería ser un análisis, que Mario ha vuelto.
Vuelven los saltos alocados, vuelven los goombas, troopas, Floro Piraña, Bowser y Peach; vuelve la flor de fuego, vuelven las tuberías, vuelven las vidas, vuelven los callos en los dedos, vuelven las risas, vuelve el reto de llegar a esa plataforma, resolver el puzle o derrotar al enemigo; vuelven las lianas, vuelven los cañones, los wigglers, boos, twomps y las big fire bars; vuelven las superestrellas, vuelven los champiñones... ¡Vuelve Mario! ¡Y cómo vuelve!

Parece ser que el objetivo de Nintendo al crear Mario Galaxy no fue hacer un juego, sino un artilugio capaz de coger a jugadores que llevan en el mundillo más de 20 años (como un servidor), miles de horas de vicio a sus espaldas y hacerlos sentir como el primer día, sorprenderlos a cada instante e invitarles a pasar el mejor rato delante de una consola desde hace mucho, mucho tiempo.

El mismo concepto de Galaxy destaca por su terrible sencillez. Planetas. Ahí radica la base de su éxito. La imaginación se desborda en cada pequeño planetoide... y en los grandes también. Hay mundos agujereados como quesos gruyere, con forma de rosquilla, de Yoshi, chatos, mecánicos, selváticos, transparentes, en los que te sientes como un liliputiense, hay fosos de lava, parajes helados, mansiones encantadas de suelos emergentes, abejas parlanchinas, conejos huidizos, balas de cañón con manía persecutoria, enemigos gigantes que a duras penas caben en su propio planeta... La lista es enorme, no acaba nunca y, cuando todavía nos te has recuperado de la sorpresa anterior, descubres una galaxia con forma de tarta en la que suena la melodía de Super Mario Bros. 3. Es entonces cuando le das al pause y te pones a llorar de alegría.

Lo antiguo y lo nuevo se mezclan hasta crear un todo completamente homogéneo. Vemos juntos a los pingüinos de Mario 64 enseñándonos a surfear con la raya del Sunshine en una pista hecha con el mejor agua que se ha visto nunca en un sistema de Nintendo: y funciona. Al más puro estilo de Monkey Ball tendremos que correr sobre una esfera de cristal que encierra una ansiada estrella. El ritmo de la música es acorde a nuestra velocidad y cuando aceleramos le imprime una sensación de urgencia sencillamente brillante. Encontraremos tuberías secretas que nos abren la experiencia a la recogida de notas musicales con las que formaremos melodías clásicas de la saga a cambio de una deliciosa seta verde. Entraremos literalmente en éxtasis cuando nos colguemos de los timones de los barcos de la armada de Bowser y las aspas de estos comiencen a moverse a toda velocidad mientras el timón gira y oímos de fondo una versión cinematográfica cien por cien, al más puro estilo John Williams, de la marcha de los niveles de scroll forzado del mundo 8 del Super Mario Bros. 3.

Nuestro suelo quedará regado con babas cuando oigamos la melodía de la primera galaxia del segundo planetario. Si no queréis esperar tanto a oírla dejad la pantalla del título un rato, pero os aviso que no es lo mismo sin lluvia de polvo de estrellas y "tirachinas espaciales" (atentos a una galaxia secreta a base de tirachinas, me costó 15 vidas hacerme con la estrella, era la 1 de la mañana). Igualmente bello es el vals del escenario principal del juego, lleno de estrellitas amarillas que chillan emocionadas cuando te acercas. Aunque, sin duda alguna, la mejor melodía del juego es la de los enfrentamientos contra Bowser: épica, inspiradora, con una fuerza inusitada.

Observar el universo- a través de un planeta casi por entero hecho de agua, ver la distorsión de la luz, ese azul transparente con miles de reflejos es sobrecogedor. Igual de sobrecogedor es hacer un salto largo en un planeta pequeño y ver cómo la cámara sigue a Mario en completa sintonía cuando la gravedad del planeta nos "obliga" a girar alrededor suyo mientras seguimos en el aire. Una cámara que se convierte en extensión de nuestro pensamiento, colocándose siempre en el ángulo perfecto para no perder detalle de nuestra evolución o para crear esa tensión de: si sigo por aquí, ¿me caeré o podré explorar la cara oculta del planeta? Los segmentos de scroll lateral con dos gravedades son antológicos, obligándote a cambiar el arriba/abajo de forma constante. Nunca fue tan divertido saltar bocabajo con cuidado de no entrar en la zona de gravedad opuesta y caer sin remisión en los turbulentos brazos de un agujero negro.
Los nuevos trajes de Mario son el súmmun de la originalidad. Mario abeja zumba furiosamente mientras vuela de forma bamboleante, errabunda, con Mario muelle entran ganas de empujarlo por unos escalones a ver qué pasa, Mario fantasma saca la lengua y pone cara de loco cuando lo haces levitar... Los reflejos del cuerpo Mario Hielo son hipnotizantes, al igual que contemplar a nuestro alter-ego en las pruebas de carreras, completamente oscuro salvo porque está salpicado por estrellas y nebulosas: es como contemplar una foto del Hubble con gorra.


Desde la primera estrella hasta la última, Mario Galaxy es un juego redondo, completo, sin fisuras. Es como cuando tienes una caja de bombones que te han traído de muy lejos, esos que están rellenos de cosas que nunca podrías imaginar que casan tan bien con el chocolate, como el tomillo (sí, habéis leído bien: tomillo), o una botella de ese vodka de hierbas polaco de marca impronunciable. El contenido de la caja/botella se acaba a un ritmo alarmantemente rápido hasta que queda el último bombón/chupito. Y te resistes a terminarlo, no quieres hacerlo porque sabes que pasará mucho tiempo hasta que vuelvas a tener algo parecido.
Pero incluso entonces Mario Galaxy sigue ofreciendo mil y una sorpresas, y por una vez no hablamos del premio por conseguir las 120 estrellas (nada que ver con una foto de familia, os lo aseguramos, este premio es de verdad) sino que siempre apetecerá rehacerse tal o cual estrella o conseguir el mayor número de monedas, o batir tu propio record personal...

Conclusión:
Desde el mimo de cada escenario, la melodía más insignificante, las animaciones de amigos y enemigos, el buen humor, el constante reto de los planetas que nos proporcionan puzles nunca vistos hasta ahora. Todo, absolutamente todo, es Mario en estado puro y de una calidad a la que es inútil aspirar, pues sólo unos pocos son capaces de alcanzar el Olimpo del Rey absoluto del os videojuegos.
Super Mario Galaxy es la culminación de un sueño: el de todo jugador que desea retos inteligentes, diseño exquisito, diversión a raudales y setas con ojos.

Veredicto
Super Mario Galaxy ofrece más de lo que prometió. Se merece la nota más alta de cualquier jurado. Su música, su aspecto visual, su originalidad, absolutamente todo es impresionante. Sólo podía ser Mario.
9,7 (Nota de los usuarios) Nota de los usuarios (6 votos)